Diócesis de San Bernardo se consagra a la Virgen del Carmen

oracionComo todos los años se realizó en la Diócesis la tradicional procesión diocesana en honor a la Virgen del Carmen en el Día de la Oración por Chile.

En el frontis de la Iglesia Catedral, cientos de fieles se congregaron para acompañar a la Madre de Dios. Antes de iniciar el recorrido Monseñor Juan Ignacio González se dirigió a los presentes y destacó el menaje del Papa Francisco a las familias en el marco de su visita Apostólica a EEUU, discurso que fue escuchado a través de los alto parlantes por todos los asistentes a la procesión.

Luego se dio inicio al peregrinar de la Virgen del Carmen que entre rezos y cantos abarcó las principales calles de la comuna. Fue escoltada por Monseñor Juan Ignacio González, los sacerdotes, religiosas, cofradías de bailes religiosos y el pueblo fiel, que se consagró a la Reina y Madre de la familia y de Chile.

 

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Discurso del Papa Francisco a la 70 Asamblea General de las Naciones Unidas

onu1El Papa Francisco llegó este viernes 25 de septiembre a la sede de la Organización de las Naciones Unidas y pronunció un histórico discurso en español ante decenas de líderes del mundo que participan de la 70° Asamblea General de esta organización. A continuación el texto completo del Santo Padre:

Señor Presidente,

Señoras y Señores,

Buenos días,

Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras.

Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que los acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70 Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.

Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa Emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo por menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.

La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano.

Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero también es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización.

Rindo pues, homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde Dag Hammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y reconciliación.

La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos siempre es necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Esta necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.

La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.

Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si', 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto a otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81).

El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes, discapacidades o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben injustamente sufrir las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada «cultura del descarte».

Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre el cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.

No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aunque constituyen, ciertamente, un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de esta situación y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.

La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicadores estadísticos–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan, sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.

Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana –amigos, comunidades, aldeas y municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones–. Esto supone y exige el derecho a la educación –también para las niñas, excluidas en algunas partes–, derecho a la educación que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.

Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Este mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos los otros derechos cívicos.

Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad de espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, el que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.

La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y del poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: «El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania, 22 septiembre 2011; citado en Laudato si', 6). La creación se ve perjudicada «donde nosotros mismos somos las últimas instancias [...] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos» (Id., Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si', 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd., 123; 136).

Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables. La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos.

Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.

El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza». Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.

El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena onu2voluntad política y del derecho, ejercidos con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas. En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.

Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como en Ucrania, en Siria, en Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando solo la actividad consiste solo en enumerar problemas, estrategias y discusiones.

Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, «la más elemental comprensión de la dignidad humana obliga a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas» y para proteger a las poblaciones inocentes.

En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra que viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra «asumida» y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.

Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores.

Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne, cito: «Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, [...] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán [...] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad» (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965).

Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: «El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas» (ibíd.). Hasta aquí Pablo VI.

La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.

Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia de uno mismo, que renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, «el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo» (ibíd.).

El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura en mi tierra natal, canta: «Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».

El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses» (Laudato si', 229).

El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf. Evangelii gaudium, 223). No podemos permitirnos postergar «algunas agendas» para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.

La laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Y lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano. Que Dios los bendiga a Todos.

Anunciar el Evangelio de la familia: Motivo principal de visita del Papa a Estados Unidos

papa familiasEn su encuentro con los más de 400 obispos de Estados Unidos, sostenido este mediodía en la Catedral de San Mateo, en Washington D.C. (Estados Unidos), el Papa Francisco recordó el motivo principal de su visita a Estados Unidos: el anuncio del Evangelio de la familia en el Encuentro Mundial de las Familias, que se realiza en estos días en Filadelfia.

El Santo Padre expresó también su alegría por el trabajo realizado por la Iglesia en Estados Unidos en defensa de la vida y la familia.

"Me alegro del firme compromiso de su Iglesia a favor de la vida y de la familia, motivo principal de mi visita", señaló.

Más adelante en su discurso, Francisco advirtió que "no es lícito eludir o silenciar dramas como el de "las víctimas inocentes del aborto, los niños que mueren de hambre o bajo las bombas, los inmigrantes se ahogan en busca de un mañana, los ancianos o los enfermos, de los que se quiere prescindir, las víctimas del terrorismo, de las guerras, de la violencia y del tráfico de drogas, el medio ambiente devastado por una relación predatoria del hombre con la naturaleza".

"No menos importante es el anuncio del Evangelio de la familia que, en el próximo Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, tendré ocasión de proclamar con fuerza junto a ustedes y a toda la Iglesia", subrayó.

Descargar Discurso del Papa a Obispos de Estados Unidos en Catedral San Mateo, Washington DC

Caminemos junto a la Virgen del Carmen

procesionEn la procesión diocesana del Día de la Oración por Chile.

Invitamos a todos los fieles y comunidades parroquiales a la procesión en honor a la Patrona de Chile que se realizará este domingo 27 de septiembre a las 16:00 horas desde el frontis de la Catedral de San Bernardo.

¡Acompañemos a la Madre de Dios!

 

 

 

 

 

 

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Papa Francisco desafía a Cuba a vivir la “revolución de la ternura” como la Virgen María

papaEn el marco de la visita del Papa Francisco a Cuba recordó que el alma de ese país fue forjada entre dolores y penurias "que no lograron apagar la fe" y desafió a los cubanos a "vivir la revolución de la ternura como María", en la Misa que presidió en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre.

La Virgen de la Caridad del Cobre es la Patrona de Cuba y es considerada por creyentes y no creyentes como "símbolo de la cubanía". Según el gobierno cubano es la imagen más venerada en toda la isla. Mide unos 35 centímetros sin contar su base ni la corona y fue hallada hace 400 años por tres niños en la bahía de Nipe.

En la primera Misa de un Pontífice celebrada dentro del histórico templo cubano en la ciudad de Santiago, el Papa dijo que "estamos invitados a vivir la revolución de la ternura como María, Madre de la Caridad. Estamos invitados a 'salir de casa', a tener los ojos y el corazón abierto a los demás".
Fuente: Aciprensa
En la Misa participó la plana mayor del gobierno de Cuba, incluyendo a Raúl Castro, presidente del Consejo de Estado y de Ministros de la República, que asistió a las tres Misas presididas por el Papa en la isla.

Francisco aseguró que "nuestra revolución pasa por la ternura, por la alegría que se hace siempre projimidad, que se hace siempre compasión que no es lástima, es padecer con para liberar; y nos lleva a involucrarnos, para servir, en la vida de los demás".

"Nuestra fe nos hace salir de casa e ir al encuentro de los otros para compartir gozos y alegrías, esperanzas y frustraciones", señaló.

El Santo Padre destacó además que "la presencia de Dios en nuestra vida nunca nos deja quietos, siempre nos motiva al movimiento. Cuando Dios visita, siempre nos saca de casa. Visitados para visitar, encontrados para encontrar, amados para amar".

"Ahí vemos a María, la primera discípula. Una joven quizás de entre 15 y 17 años, que en una aldea de Palestina fue visitada por el Señor anunciándole que sería la madre del Salvador. Lejos de 'creérsela' y pensar que todo el pueblo tenía que venir a atenderla o servirla, ella sale de casa y va a servir".

Las tierras cubanas, señaló el Papa, "también fueron visitadas por su maternal presencia. La patria cubana nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad".

Desde el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, la Virgen "custodia nuestras raíces, nuestra identidad, para que no nos perdamos en caminos de desesperanza".

El Papa recordó que el alma del pueblo cubano "fue forjada entre dolores, penurias que no lograron apagar la fe, esa fe que se mantuvo viva gracias a tantas abuelas que siguieron haciendo posible, en lo cotidiano del hogar, la presencia viva de Dios".

"Abuelas, madres, y tantos otros que con ternura y cariño fueron signos de visitación, de valentía, de fe para sus nietos, en sus familias. Mantuvieron abierta una hendija pequeña como un grano de mostaza por donde el Espíritu Santo seguía acompañando el palpitar de este pueblo".

Francisco señaló que al igual que Santa María "queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad de un pueblo noble y digno".

"Como María, Madre de la Caridad, queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación", dijo.

"Todos juntos, sirviendo, ayudando. Todos hijos de Dios, hijos de María, hijos de esta noble tierra cubana", destacó.

Al finalizar su homilía, el Santo Padre destacó que la mayor riqueza y el mejor legado que podemos dejar "es como María, aprender a salir de casa por los senderos de la visitación. Y aprender a orar con María porque su oración es memoriosa, agradecida; es el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia". "Es la memoria viva de que Dios va en medio nuestro; es memoria perenne de que Dios ha mirado la humildad de su pueblo, ha auxiliado a su siervo como lo había prometido a nuestros padres y a su descendencia para siempre", indicó.

Concluida la celebración de la Misa, el Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Dionisio García lbáñez, agradeció al Papa "por haber llegado como peregrino hasta este bello lomerío en el oriente cubano".

"En la pequeña y hermosa imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre los cubanos experimentamos la misericordia de Dios para con nuestro pueblo; es fuente de inspiración y, ante ella, naturalmente brota la oración por el bien de todos", explicó el Arzobispo.

El Prelado pidió también al Santo Padre "que abra solemnemente el Año Jubilar Mariano que celebraremos, comenzando el día de hoy y concluyendo el 24 de septiembre de 2016".

Este año jubilar celebra los 100 años de la proclamación de la Virgen de la Caridad como Patrona de Cuba.

"Desde este Santuario, casa de todos los cubanos, donde late el corazón de Cuba, le prometemos orar por su persona y su ministerio", aseguró el Arzobispo cubano al Papa.

El Papa Francisco, así como hizo en Holguín, obsequió un cáliz a Mons. Dionisio García lbáñez.

Mons. García lbáñez, por su parte, regaló al Papa una copia de la petición hecha a Benedicto XV hace 100 años para que proclamara a la Virgen de la Caridad del Cobre Patrona de Cuba.

Acabada la ceremonia, el Santo Padre deseó a los fieles "un feliz año jubilar, que la virgen los bendiga, que a cada uno les de lo que más anhela y más necesita" y les pidió que "no se olviden de rezar por mí".

Fuente: Aciprensa

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“Miremos la vida de Chile y de cada uno desde la trascendencia que da la fe”

tedeumSeñaló en su homilía Monseñor Juan Ignacio González durante la celebración de la Misa y Te Deum en el aniversario de la Independencia Nacional.

Como todos los años se celebró, este 18 de septiembre, en la iglesia catedral de San Bernardo, la ceremonia litúrgica en la Catedral y contó con la presencia de autoridades civiles y militares de la comuna

En su homilía el Obispo de San Bernardo señaló que "El futuro social, político y económico del país preocupa a muchos y cierta desesperanza comienza a invadir los ambientes y la vida nacional. Más allá de las causas de este fenómeno, cuyo análisis corresponde hacer a los llamados al ejercicio de la noble actividad pública, la Iglesia no permanece ajena a estas preocupaciones, buscando siempre hacer un aporte que ayude a retomar los caminos de la paz y la concordia, del progreso, la justicia y la dignidad. Nos preocupa, particularmente, que este estado de conflicto termine afectado a los más necesitados y carenciados de la sociedad, que tantas veces pagan en sus vidas la incapacidades de las clases dirigentes para encontrar acuerdos y vivir en armonía".

Además destacó que "Somos una nación cristiana. Quien niegue esto, o intente construir sobre otro fundamento, termina por destruir más que consolidar y hacer sufrir a la Patria misma y a sus hijos. Sólo sobre el fundamento del cristianismo es posible construir una nación donde habite la misericordia y la bondad, la mansedumbre y la paciencia, la justicia y la paz, auténticos fundamentos de una verdadera convivencia. Chile es una nación cristiana".

"Una sociedad donde se pierde en respeto a la autoridad legítima tiene hipotecado su futuro y el camino por delante no es otro que una anarquía y que cada ciudadano se tome la justicia por su propia mano, lo que implica el fracaso del Estado, como ha señalado recientemente un alta autoridad política" enfatizó.

Asimismo señaló que "Tenemos que descubrir políticas nuevas, claras y certeras, que no pueden excluir la formación moral y ética de la juventud, hoy casi completamente abandonada en nuestros establecimiento de educación y en las políticas de Estado. Es necesario dedicar seria y permanentemente muchos mayores recursos y personas para que se dedique a erradicar esta flagelo y a ayudar a los que han sido ya invadido por el. Es cierto que todos, desde nuestro ámbito, intentamos hacer algo, pero digámoslo con claridad. Es poco, muy poco, lo que hemos hecho".

Al finalizar destacó que Somos una parte del camino, mas llano o áspero, pero constructores de su futuro haciendo el presente. Miremos la vida de Chile y de cada uno desde la trascendencia que da la fe. Vamos de paso a la Patria definitiva. Quien lo olvida o no lo sabe, construye aquí utopías irrealizables, que cuestan dolores, lagrimas y sangre. Quien vive con los pies en la tierra - bien puestos - pero su cabeza es capaz de mirar al cielo, sabe bien que la esperanza en Dios es el motor que no hace seguir sirviendo a la patria terrena para luego ganar la patria celestial y definitiva".

Al finalizar la Eucaristía se cantó el tradicional Te Deum. Luego Monseñor Juan Ignacio junto a las autoridades presentes se trasladaron a la cripta de la Catedral, donde reposan los restos de Don Domingo Eyzaguirre; Monseñor Orozimbo Fuenzalida y siete veteranos de la Guerra del Pacifico, en el lugar se rezó por el eterno descanso de su alma.

Luego se realizó el tradicional desfile frente a la Iglesia Catedral que fue presidido por la imagen de la Virgen del Carmen, Patrona de Chile, a quienes se le rindieron los honores.

 

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Invitación a orar y ayudar a los damnificados

logo obispEstimados hermanos y hermanas
Hoy a las 19.30 celebraremos la Santa Misa en la Iglesia Catedral pidiendo especialmente por los las personas fallecidas y por todos los damnificados por el terremoto de ayer en el Norte Chico.

La colecta se enviará por medio de la Caritas Diocesana a los organismos de la Iglesia que trabajan ya con los damnificados.

+ Juan Ignacio, Obispo de San Bernardo

Misa en Pintué

pintue1Monseñor Juan Ignacio González presidió la Eucaristía dominical en la histórica Parroquia San José ubicada en la localidad de Pintué en el sector de la laguna de Acúleo.

La ceremonia que fue concelebrada por el Padre Marcelo Olate, párroco del lugar, contó con la asistencia de los fieles del sector.

Durante la Misa, el Obispo de San Bernardo bendijo las nuevas bancas de la Iglesia construida en 1913 y que tras el terremoto del 2010 sufrió graves daños en su estructura y que fue restaurada en su totalidad.pintue2

Invitación Solemne Misa y Te Deum 2015

imagen5 1Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz, Obispo de San Bernardo, tiene el agrado de invitar a Ud. y familia a participar de la solemne Misa y Te Deum de Acción de Gracias, con ocasión de un nuevo aniversario de la Independencia Nacional.

La ceremonia se realizará en la Catedral de San Bernardo el día 18 de Septiembre a las 10:00 horas. Al finalizar las autoridades depositarán una ofrenda floral al Fundador de San Bernardo, Don Domingo Eyzaguirre y Arechavala y a los Veteranos de la Guerra del Pacífico, que reposan en la Cripta de la Iglesia Catedral.

Legión de María conmemora un nuevo aniversario

legionEn el día en que la Iglesia celebró la Natividad de María, Monseñor Juan Ignacio presidió la Eucaristía con que la Legión de María de la Diócesis conmemoró un nuevo aniversario.

Hasta la catedral de San Bernardo llegaron las legionarias para celebrar los 94 años desde el nacimiento de la Legión de María.

La Legión de María se encuentra presente en casi la totalidad de las parroquias que componen la Diócesis de San Bernardo. Es una organización apostólica de laicos en la Iglesia Católica con más de 10 millones de miembros activos y millones de auxiliares en el mundo, nació en Dublín, Irlanda el 7 de setiembre de 1921. Las oraciones legionarias se rezan ya en 125 lenguas distintas. Ha sido aprobado por los 6 últimos Papas y fue endorsada por el Concilio Vaticano II.

El nombre de Legión de María obedece a que el espíritu de la organización quiere ser el mismo de la Virgen Santa María. Ella es la reina de los Apóstoles, porque fue la primera en presentar a Cristo ante los hombres.

 

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